
El sacerdote esloveno que construyó sueños educativos en suelo quinense partió el 19 de septiembre de 2008, dejando un legado imperecedero en medio siglo de entrega pastoral.
Diecisiete inviernos han pasado desde que el padre Juan Ogrín emprendiera su último viaje, llevándose consigo los secretos de una vida dedicada por completo al servicio de Dios y de su pueblo adoptivo. Hoy, cuando el calendario marca un nuevo aniversario de su partida, Quines se detiene a recordar al hombre que transformó para siempre el destino educativo y espiritual de la localidad.
El viento que sopla por las calles de tierra quinenses parece llevar aún los ecos de aquel sacerdote que llegó desde Ljubljana, Eslovenia, y eligió estas tierras del norte sanluiseño para plantar las semillas de su misión. Fue en 1945 cuando Juan, junto a su madre y su hermano Antonio, pisó suelo argentino con el corazón lleno de esperanzas y los ojos puestos en un horizonte que apenas podía imaginar.
Un peregrino entre parroquias
Los primeros años de su sacerdocio, iniciado en 1950, fueron los de un caminante incansable. Villa Mercedes, Nueva Galia, Luján, y finalmente Quines y Candelaria, donde sus jornadas se medían en los veinte kilómetros que recorría en bicicleta por la vieja ruta de tierra, sorteando medanales y llevando la palabra de Dios de un pueblo al otro. “Eran tiempos heroicos”, recuerda el historiador quinense Marcelo García, “donde la fe se medía en kilómetros pedaleados y la vocación en el polvo del camino.”
Pero fue en Quines donde Juan Ogrín encontró su verdadero destino. Corría 1952 cuando se estableció definitivamente en la localidad, y desde entonces su vida se convirtió en una sinfonía de dedicación donde cada nota resonaba entre las paredes de la iglesia y las aulas del que sería su gran sueño: el Instituto “San José”.
El arquitecto de sueños educativos
El 23 de abril de 1962 quedará grabado para siempre en la memoria quinense como el día en que nació la esperanza educativa. Junto a su hermano Antonio, el padre Ogrín fundó la sección secundaria del Instituto “San José”, una obra que se alzaría como faro de conocimiento en una región donde apenas “7 u 8 chicos seguían estudiando después de la primaria fuera de la localidad.”
Durante 39 años fue el rector de su creación, y desde 2001 hasta 2007 su representante legal. Pero más que títulos y cargos, Juan Ogrín fue el alma de una institución que hoy abraza todos los niveles educativos. “Aunque he dictado varias materias, fui profesor de religión, de filosofía, de psicología, de plástica, de música, algo de matemáticas, de francés… siempre me interesó más que se aprenda a querer a Dios”, confesaba en el año 2000 al desaparecido periódico La Pulga.
El hombre de múltiples pasiones
Las tardes quineñas lo encontraban dirigiendo el coro del colegio, canalizando esa pasión por la música que corría por sus venas como un río secreto. También fue el visionario creador de las Olimpiadas Llanura Norte, sembrando en los jóvenes el amor por el deporte y la competencia sana. Hoy, el Polideportivo del Instituto “San José” lleva su nombre como un homenaje eterno a quien supo ver en cada disciplina una forma de educar el cuerpo y el espíritu.
Los reconocimientos llegaron como flores tardías pero merecidas: Prelado de Honor de Su Santidad Juan Pablo II en 1991, el galardón nacional “Divino Maestro” del Consudec en 2003, y finalmente, el 15 de junio de 2007, la declaración como Ciudadano Ilustre de Quines, cuando ya había cumplido 84 primaveras de vida entregada.
El crepúsculo de un gigante
Juan Ogrín partió con el invierno, el 19 de septiembre de 2008, a los 85 años, dejando tras de sí medio siglo de huellas imborrables en el corazón de Quines. Su legado trasciende las paredes del instituto que fundó y se extiende sobre cada quinense que alguna vez escuchó su palabra, recibió su enseñanza o simplemente cruzó una mirada con aquel hombre de fe inquebrantable.
Hoy, diecisiete años después, cuando el sol se oculta detrás de los cerros y las sombras abrazan a Quines, es posible imaginar que su espíritu sigue recorriendo esos mismos senderos que feliz transitara durante tantas décadas. Porque los hombres como Juan Ogrín no mueren: simplemente se transforman en memoria, en gratitud, en ese eco que “resonará en cada amanecer, en el crepúsculo violeta de las tardes quineñas”, como escribiera con hermosa poesía Luisa Isaac.
En Quines, donde el tiempo parece moverse más lento y los recuerdos tienen el peso de las montañas, el padre Juan Ogrín sigue siendo presente. Su obra lo inmortalizó, pero fue su amor por esta tierra y su gente lo que lo convirtió en eterno.